Que no haya novedad. Turón, 1950

Colección La Herencia Recuperada Nº n.º 29
Autor: Antonio Suárez Marcos
Prólogo: Faustino Álvarez
CICEES, Gijón, 2026
DEPÓSITO LEGAL: AS 02208-2026
ISBN edición impresa: 979-13-991943-7-1
ISBN edición digital: 979-13-991943-8-8
14,2 × 21,5 cm │ 382 pág.

Rango de precios: desde 10,99€ hasta 20,00€

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El título recoge la fórmula con la que, cada madrugada, las familias del valle de Turón despedían a los mineros que salían hacia el tajo. Es a la vez un deseo cotidiano y una medida de cuánto pasaba en aquellos pozos. Antonio Suárez Marcos (La Vera’l Camín, 1950), doctor en Físicas y en Químicas y durante décadas alto cargo de la Administración asturiana, ya había explorado su aldea en En un lugar de Turón. Ahora amplía el marco a todo el valle en los años cincuenta y sesenta, con el pozu Santa Bárbara, La Güeria de Urbiés y La Vera como ejes. El resultado no es una autobiografía convencional ni un ensayo de historia minera, sino un libro de memoria coral. El autor cede la palabra a sus mayores, como Julio Cora, Gelín Xamonda, Silvino o Lola la de Mariadavid, y transcribe su habla, esa mezcla de castellano y asturiano de las cocinas y los praos. Lo apoya en documentos como Candil, la revista de la empresa Hulleras del Turón, o la memoria de sus servicios médicos de 1961, y lo acompaña con numerosas fotografías de Pepín Muñiz, el fotógrafo que retrató el valle durante cuatro décadas y cuyo archivo se conserva en el Muséu del Pueblu d’Asturies.

Las primeras páginas son de las que atrapan. La explosión de grisú del 8 de enero de 1963, que costó la vida a ocho mineros, se cuenta con precisión y ternura: los ocho nombres con sus historias, el silencio de las casas, la resignación digna de un pueblo que sabía que la vida de los suyos pendía de un hilo. El autor contrapone con sobriedad el informe oficial a lo que recordaban los compañeros, y hace algo parecido con las estadísticas médicas, donde el papel habla de «cuatro accidentes mortales» y el libro devuelve a cada uno su nombre. Ese gesto resume el método: en Turón, dice, antes que el accidente iba siempre el nombre.

A partir de ahí el relato se ensancha, y con él el oído del autor. Las conversaciones sobre La Güeria reconstruyen un mundo técnico y humano con una viveza que ningún estudio consigue: el tren de vía estrecha, las mulas con nombre y carácter, los puentes «al estilo Eiffel» y el último convoy, desmontado un Jueves Santo de 1968. El libro recorre también la vida de cada día, con la cocina de carbón, el lavado en el río, la matanza del cerdo, el economato, los juegos entre vagones y bocaminas, las romerías, el cine, las radios y la Pirenaica escuchada con las ventanas cerradas. Todo ello está atravesado por un humor socarrón que aparece en los chigres, en las tiendas y hasta en las visitas de los vendedores ambulantes. Es además una memoria sin rencor. Faustino Álvarez lo subraya en el prólogo con razón: el autor rehúye la denuncia, el ajuste de cuentas y la nostalgia complaciente. Cuenta la represión, la cárcel, el destierro y la Güelgona del 62 sin alzar la voz, y no por eso resultan menos elocuentes.

Es un libro para leer sin prisa, capítulo a capítulo, como quien se sienta a conversar con vecinos que lo recuerdan todo. Quien conoce el valle encontrará en él nombres, lugares y voces que creía perdidos, y quien llega de fuera descubrirá, desde abajo y con detalle, cómo se vivió en las cuencas mineras durante el franquismo. Cumple lo que promete: que aquel mundo no se pierda «aguas abajo en el río del olvido», y que quienes lo vivieron, y quienes vienen detrás, lo recuerden «con orgullo y una risueña ternura».

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